En el nombre del padre: la figura del progenitor en cuatro novelas contemporáneas

Pedro García Suárez, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja
No hay duda de que la figura del padre tiene una relevancia fundamental para los hijos. Desde el psicoanálisis, se comprende que tiene la función de separar al hijo de la madre y presentarlo a la sociedad.
El padre es el primer hombre, el espejo en el que el hijo se mira para entender quién es y cómo vincularse al mundo. Su identidad se forjará en diálogo con la lectura que haga de su progenitor. Con diversas opciones, optando, de forma consciente o inconsciente, por la imitación, la oposición o la negociación, irá construyendo aspectos tan determinantes en su trayectoria vital como su identidad de género, la relación con su sexualidad, le gestión de sus emociones, la manera en que va a percibir al otro o la forma en que se comunique con su entorno.
La lectura, además de ayudar a la alfabetización, tiene un poder inmenso como constructora de realidades. Los textos no solo se leen: todo en la vida es una historia que contamos (y nos contamos). En función de la interpretación que hagamos de esa historia –que puede variar, dependiendo de nuestras experiencias vitales–, iremos negociando y modificándola hasta que obtengamos un relato que nos permita vivir en paz y coherencia.
Todo lo apuntado es perfectamente visible en uno de los subgéneros literarios que han ido proliferando durante el siglo XXI –con alguna excepción durante el XX–, dentro del género de la autobiografía, como es el de las patriografías. Se trata de relatos autobiográficos centrados en las relaciones que se establecen entre el padre y el hijo.
Por lo general, desarrollan una búsqueda por parte del hijo para poder desentrañar la figura del padre, entender cómo ha influido en quién es, liberarse de él y poder configurarse en plena autonomía. Las cuatro novelas siguientes son un ejemplo de ello.
Mi padre y yo, de J. R. Ackerley
En 1968, Ackerley, nos regaló una novela descarnada en la que se atrevió a realizar una recuperación de la figura paterna de forma póstuma.
En su recorrido, descubre cómo, desde niño, percibió a su padre como un ejemplo claro de la masculinidad normativa. Esto resquebrajó sus intentos de convertirse en un adulto con una autoestima suficiente para hacer frente al mundo y a sus necesidades.
En ese espejo en el que se mira Acherley, se perciben rasgos como la vanagloria de la heterosexualidad, el silencio, la violencia, la ausencia de emociones, la resistencia ante el dolor o la dominancia. Como consecuencia, el protagonista de Mi padre y yo, en una lectura por imitación inconsciente, verá truncados sus deseos de amar y vivir su homosexualidad libremente.
Mi oído en su corazón, de Hanif Kureishi

En esta novela publicada en 2004, Kureishi sale en búsqueda de su padre para construir un relato que le permita encontrarse a sí mismo en un mundo posmoderno fragmentado y carente de certezas.
Lo interesante es que ese recorrido lo realiza directamente a través de la lectura. Un viaje iniciático en el que lee el libro que su padre nunca consiguió publicar, y es testigo de su trayectoria vital a través de los libros. Además, indaga en las relaciones entre padres e hijos de tres generaciones diferentes, ahondando en aspectos como la construcción de la masculinidad y el acceso a la cultura.
La distancia que nos separa, de Renato Cisneros

2015 es el año en que Cisneros publica La distancia que nos separa. En esta, el autor-narrador, en un gran acto de valentía, va buscando al padre, también de forma póstuma, para encontrar las piezas perdidas de su identidad.
Mediante un diálogo entre los hechos, los recuerdos y su lectura de estos, el antihéroe irá indagando, a través de una recuperación de la memoria familiar y la histórica, en las diferentes formas en las que leyó a su padre y cómo estas fueron cambiando su identidad y posicionamiento en el mundo. Esto permitirá al lector, a su vez, hacer una reflexión sobre la masculinidad normativa.
Vengo de ese miedo, de Miguel Ángel Oeste

Por último, el motor que mueve a Oeste para atreverse a escribir Vengo de ese miedo (2022) es su propia paternidad. Este acontecimiento vital le lleva a revivir todo el horror que sintió en su infancia para intentar comprender cómo éste sentimiento de pánico se ha mantenido dentro de él. La novela es un relato sobre el maltrato familiar y sus consecuencias en la identidad y el desarrollo de una persona.
Desgarradora, invita al lector a acompañar al autor a descender a sus infiernos para poder entender a su padre, transcenderle y poder vivir en libertad. Una historia que muestra una lectura de negociación truncada, un miedo transmitido de generación en generación y que imposibilita el disfrute de una vida plena.
En conclusión, la lectura no solo aparece como una herramienta fundamental a la hora de comprender la identidad de los hijos frente al padre. Estas obras también muestran cómo la misma literatura se convierte en un espacio de reconfiguración identitaria, un lugar que permite desentrañar esos textos familiares que se han tatuado en los cuerpos y con los que hemos tenido que negociar para ser nosotros mismos. Un espacio en el que hacer un relato que nos lleve a la comprensión y, al mismo tiempo, a hacer las paces con nuestro pasado para poder transcenderlo.
Pedro García Suárez, Profesor Titular de Universidad (especializado en Literatura y Estudios de género), UNIR – Universidad Internacional de La Rioja
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.
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Author: viajes24horas
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